viernes, 12 de abril de 2013

Tomada de mis sueños


Y era ella un sueño hecho carne
la materialización de lo indescriptible de mis deseos más puros
carne, hueso y voz,
podría decirse, 
era una mujer frente a mi,
eso, nada más,
una mujer,
como si fuera palabra pequeña,
me arrollaba con el descaro de su existencia,
no podía!, o si?...
existir... mi ceso, medio atónito y perplejo se debatía,
pero en el pecho tenía yo otra lectura,
había sido tomada, moldeada, y hecha carne,
del más recóndito confin, rincón de mi alma,
tomada del barro del más puro de mis anhelos,
divinamente soplada para darle alma
y traída, por la más grande de las cadenas de casualidades,
a mi vida...

Ella me arrollaba, 
suavemente,
con dulzura despiadada,
me hacía trizas,
hermosa criatura, 
inconquistable el fulgor de sus ojos,
insoslayable, el sonido de su voz,
sus labios... mis ojos... su piel... mis manos...
era un huracán
y yo un trémolo diente de león,

Ella no era perfecta, claro,
no tenía una historia perfecta,
y ya no era yo un chiquillo aprendiz,
ya había yo visto la vida y caminado un continente,
apagado calores ajenos en mi piel y encendídolos de nuevo,
soñado y caído, ya había conocido el amor y la pérdida,
ya había ganado batallas, matado los prometeos de mis miedos,
conquistado un corazón, conquistado mi camino,
y pisado con fuerza,
y sin querer, sin siquiera pequeña advertencia,
ella,
había encontrado la perfecta manera
en que todas sus formas imperfectas,
encajaran en mí,

y yo iba descubriendo, muy de a pocos y como su voluntad juguetona me permitía,
su historia,
las mil formas en que esa alma hecha mujer
había encontrado de existir en una sola,
era preciosa, preciosa, preciosa,
como si alcanzara...
nada, no alcanza!, nada!, no puedo decirlo,
porque al hacerlo, la reduzco,
eso que ella era
esa sonrisa, y ya era tarde, ,
ella sonreía,
y lo único que se oye, era el sonido de la luz de la estrella en el cosmos,
se creaba la vida después de su risa y su sonrisa,
y se hacía la luz

Sabía yo,
no podía, porque?, no debía,
permitirme, osada y temerariamente,
cual capitán pirata en la tormenta, ponerme de pie sobre la proa,
a tentar una ola tempestiva, arrancarme, arrancarme
del navío de mi ser, 
si señores, si señor,
estaba yo, con cada mirada más, con cada detalle más,
irremediablemente destinado,
a perder todo y cuanto rastro de control, de propiedad,
de mi destino había forjado,
ya era tarde,
era su risa, eran sus manos,
naturaleza con dulzura salvaje,
yo ya estaba perdido.


David N.

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